OpenAI empieza a vender anuncios dentro de ChatGPT con una propuesta poco habitual en el ecosistema publicitario: precios altos y métricas limitadas. La cifra que se está moviendo en el mercado —alrededor de 60 dólares por cada 1.000 impresiones— sitúa el inventario de ChatGPT en un escalón “premium”, mientras que el reporting inicial se quedaría en impresiones y clics, sin el nivel de atribución al que están acostumbrados los anunciantes en Google o Meta.
La tesis de OpenAI es sencilla: mejor atención, más contexto y más seguridad de marca, a cambio de renunciar a la hipersegmentación y al seguimiento profundo. Y eso encaja con su postura pública de no vender datos de usuarios y mantener las conversaciones privadas, lo que de forma inevitable limita el tipo de medición que puede ofrecer.
El negocio de la atención en un lugar donde la gente no está “scrolleando”
La publicidad en redes sociales compite en un entorno ruidoso: scroll rápido, fatiga y formatos repetidos. En un chat, la dinámica es distinta: el usuario suele estar resolviendo algo, concentrado, con intención. Esa “calidad de atención” es lo que OpenAI quiere cobrar.
Por eso, los primeros anunciantes que entren no lo harán buscando el típico rendimiento inmediato, sino más bien aprendizaje y notoriedad: entender qué mensajes funcionan dentro de una conversación y cómo se comporta el usuario cuando el anuncio aparece en un entorno que se percibe como útil, casi íntimo.
Quién verá anuncios (y las barreras que intentan evitar el desastre)
La implantación inicial se orienta a usuarios gratuitos y planes más económicos, con exclusiones: menores de edad y temas sensibles (como política o salud mental). Es una forma de blindar el producto desde el inicio: si OpenAI quiere cobrar caro, necesita prometer que el anuncio no acabará junto a algo delicado ni se convertirá en un problema reputacional.
Hasta aquí, el movimiento es comprensible. Pero el verdadero debate está un paso más adelante.
¿Qué pasará cuando todas las IA estén “llenas” de publicidad?
Hoy ChatGPT puede vender anuncios como algo “nuevo”. Mañana, si todos los asistentes —y todos los modelos, integrados en móviles, buscadores, navegadores, coches o gafas— se convierten en soportes publicitarios, entran en juego tres efectos inevitables.
1) Fatiga publicitaria… pero en conversación
La fatiga ya existe en banners y feeds. En IA puede ser peor, porque el anuncio se cuela en el espacio donde el usuario espera una respuesta “limpia”. Si se abusa, aparecerá el equivalente conversacional del “banner blindness”:
- usuarios que dejan de confiar en la respuesta,
- usuarios que sospechan de recomendaciones,
- usuarios que migran a alternativas sin anuncios o locales.
En ese escenario, el valor “premium” se evapora: la atención deja de ser especial cuando la conversación se convierte en un escaparate.
2) Una carrera entre “mejor respuesta” y “mejor cliente”
Si la publicidad entra de forma agresiva, el riesgo es evidente: que el modelo empiece a optimizar para el anunciante, no para el usuario. Aunque se separen los sistemas internamente, la percepción pública manda: si la gente cree que la IA recomienda por dinero, el producto pierde credibilidad.
Y cuando se pierde credibilidad, ocurre lo típico:
- crece la demanda de transparencia (etiquetado claro, por qué se muestra),
- crece la presión regulatoria,
- y crece el valor de modelos/servicios que prometen “sin anuncios, sin sesgos”.
3) Suscripciones más caras y un “internet de dos carriles”
La saturación publicitaria suele producir un resultado predecible: pagar para salir del ruido. Si todas las IAs se llenan de anuncios, es probable que el mercado evolucione hacia:
- un carril barato con publicidad y límites,
- y un carril de pago sin publicidad, con más funciones y mejor experiencia.
Es decir: la publicidad no solo monetiza, también segmenta el acceso a la mejor experiencia.
4) El targeting volverá… pero por la puerta del contexto
Aunque se prometa “sin vender datos”, la industria encontrará siempre la forma de hacer eficaz la publicidad. En IA, la vía natural es el contexto: lo que el usuario está preguntando en ese momento. Eso puede ser menos invasivo que el tracking clásico, pero también más sensible, porque el contexto conversacional suele ser íntimo (salud, trabajo, finanzas, relaciones).
Si el mercado se llena de anuncios, la gran batalla no será solo el precio del CPM, sino qué se considera un uso legítimo del contexto.
Entonces, ¿qué significa hoy lo de “premium”?
En 2026, ChatGPT Ads puede venderse como un experimento de alto valor porque es escaso y nuevo. Pero si el modelo se generaliza y la IA se convierte en “otro soporte publicitario más”, el diferencial se reduce.
La única forma de mantener el “premium” a largo plazo es que OpenAI y el resto de actores cumplan tres condiciones:
- anuncios claramente etiquetados y limitados,
- separación real entre respuesta y anuncio,
- medición suficiente para anunciantes sin traicionar la privacidad.
Si no, el futuro es simple: más ruido, menos confianza y usuarios pagando para escapar.
Preguntas frecuentes
¿Por qué los anuncios en IA pueden generar más rechazo que en redes sociales?
Porque el usuario espera una respuesta útil y neutral; un anuncio mal integrado se percibe como intrusión o manipulación.
¿La publicidad en IA hará subir las suscripciones?
Es plausible: cuanto más se cargue la experiencia gratuita, más valor tendrá pagar por una versión limpia, estable y sin anuncios.
¿Se podrá medir rendimiento real (ventas, conversiones) en estos anuncios?
Al inicio, la medición sería limitada. En el futuro podrían aparecer métodos de medición agregada o incremental, pero sin llegar al tracking tradicional.
¿Qué riesgo mayor aparece si todas las IA se saturan de publicidad?
La pérdida de confianza: si el usuario duda de que la IA responda por su interés, el producto se devalúa, aunque sea técnicamente excelente.



