Character AI recibió en su bot Psychologist 18 millones de mensajes solo en noviembre de 2023, según datos recogidos por la BBC, y la plataforma cuenta con 475 bots cuyo nombre incluye «terapia», «terapeuta», «psiquiatra» o «psicólogo». ChatGPT, por su parte, superó los 180,5 millones de usuarios mensuales en diciembre de ese año. La cifra deja clara una cosa, y es que cada vez más gente recurre a un chatbot cuando necesita hablar de lo que le pasa por dentro.
«La inteligencia artificial lleva mucho tiempo entre nosotros, pero en los últimos tiempos ha experimentado un crecimiento exponencial y ha penetrado en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana», explica Rubén Nieto Luna, catedrático de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). «Al igual que ha sucedido con otras tecnologías, como las aplicaciones móviles o la realidad virtual, es natural que la IA acabe teniendo un papel en la psicología. Si se utiliza correctamente, puede ser una gran herramienta», sostiene.
La idea de hablar con una máquina sobre problemas emocionales no es nueva. Pablo Vallejo Medina, profesor colaborador de los mismos estudios en la UOC, recuerda que el primer bot conversacional de la historia, Eliza, nació en 1966 de la mano de Joseph Weizenbaum en el MIT y se basó en el método de psicoterapia del psicólogo Carl Rogers. «Era ya un mock Rogerian psychotherapist, un tipo de terapia humanista, y fue un éxito en su época: todo el mundo en el laboratorio de Weizenbaum quería ‘jugar’ con el programa», cuenta Vallejo.
Dónde puede ayudar de verdad
Mireia Cabero, profesora colaboradora de Psicología y Ciencias de la Educación en la UOC, cree que la IA puede ser útil «con una evaluación continuada que nos garantice la fiabilidad y el acierto en su diagnóstico, y su capacidad analítica». Según Cabero, el sistema público «está saturado y ofrece visitas de mes en mes», así que una IA bien diseñada podría servir para hacer una primera criba de urgencia y gravedad de los casos, y también una criba diagnóstica de derivación a psiquiatría o a unidades de prevención del suicidio y de trastornos juveniles graves.
También ve margen para el acompañamiento diario en procesos que se agravan con la soledad, o como apoyo reflexivo para el autoconocimiento en malestares sin gravedad. Rubén Nieto añade otro uso menos evidente: ayudar a los profesionales a buscar y elaborar información, siempre bajo supervisión, y su aplicación en investigación. Su equipo está estudiando si los instrumentos clásicos de evaluación de la personalidad sirven también para valorar la «personalidad» de ChatGPT: si el sistema es capaz de simular perfiles distintos con precisión, y hasta qué punto se mantiene estable según el idioma o el orden de las preguntas.
Nieto también trabaja en una aplicación para personas con fibromialgia. «Escuchando sus impresiones, un grupo de participantes nos comentó que les podría ser útil tener un espacio virtual para expresar sus emociones sin ser juzgados y sentirse comprendidos. Quizás en ese espacio un avatar programado con IA podría ser muy útil», explica. Es un enfoque parecido al que se ha probado con veteranos de guerra con estrés postraumático, a quienes a veces les resulta más fácil iniciar el contacto con un terapeuta virtual antes que con uno humano.
Lo que la IA todavía no sabe hacer
Los mismos expertos que ven potencial también marcan límites claros. Cabero duda de que la IA «pueda conectar emocional y profundamente, empatizar, leer entre líneas y utilizar la intuición», porque son capacidades que «son el resultado de la acumulación de horas acompañando personas y de haber desarrollado un criterio psicoterapéutico». Un estudio reciente apunta en dirección contraria en un terreno concreto: algunos modelos de lenguaje superan a los humanos en pruebas de inteligencia emocional, aunque una cosa es puntuar bien en un test y otra muy distinta sostener una relación terapéutica real.
Pablo Vallejo pone el límite en la tecnología misma. Según explica, ya se superó la imitación básica de la inteligencia humana, pero todavía no se ha llegado al deep learning autónomo, en el que la propia IA decide qué variables tiene en cuenta para entrenarse. «Nos encontramos bien establecidos en el nivel intermedio, el machine learning: los algoritmos aprenden, no solo nos imitan, y en muchos casos nos superan, pero seguimos siendo los humanos quienes les decimos cómo deben entrenarse», concluye. Es la misma cautela que reflejan otros estudios sobre cómo procesan las emociones los sistemas de IA, o los debates éticos que ya se ven en el uso de la IA en medicina.
Para quien quiera profundizar en el tema, la UOC recoge un repaso más amplio de casos de uso en su análisis de tendencias en psicología e inteligencia artificial.
Preguntas frecuentes
¿Puede un chatbot sustituir a un psicólogo?
Los expertos consultados coinciden en que difícilmente podrá sustituir por completo las tareas de un profesional, aunque sí puede ayudar en tareas específicas o servir de apoyo en momentos concretos.
¿Para qué sirve realmente la IA en salud mental hoy?
Sobre todo para primeras cribas de urgencia y gravedad, derivación a especialistas, acompañamiento en procesos de soledad y apoyo reflexivo en malestares sin gravedad, siempre bajo supervisión profesional.
¿Qué fue Eliza y por qué se sigue mencionando?
Eliza fue el primer bot conversacional de la historia, creado en 1966 en el MIT, y se basaba en el método de psicoterapia de Carl Rogers. Se cita porque demuestra que la idea de hablar con una máquina sobre emociones lleva décadas sobre la mesa.
¿Cuál es la principal limitación de la IA en terapia?
La falta de certeza sobre su capacidad para conectar emocionalmente, empatizar y leer entre líneas, habilidades que en un terapeuta humano vienen de años de experiencia clínica.
Vía: UOC.













