La Inteligencia Artificial no solo está cambiando cómo se escriben los correos. También está alterando, de forma silenciosa, cómo se leen. Y ahí es donde empieza el problema: cuando el mensaje deja de ser lo que la marca redacta y pasa a ser lo que un sistema de resumen automático decide que “dice”.
Estos días, el emprendedor David Bonilla lo resumía con una idea incómoda: la IA estaría “laminando” la creatividad en los mails porque los equipos temen que el contenido se malinterprete y, como resultado, el usuario reciba resúmenes no solicitados que cambien el sentido del mensaje. No por censura directa, sino por precaución preventiva: escribir menos “con gracia” para evitar que una IA lo convierta en otra cosa.
Ese comentario enlazaba a un análisis muy revelador desde el mundo del email marketing: la “Séptima Edad” de la entregabilidad. La tesis es clara: tras años de reglas, reputación y señales de engagement, ahora llega una nueva capa de complejidad —y de pérdida de control— impulsada por resúmenes generados por IA dentro de los propios buzones de entrada.
De la entregabilidad clásica al “correo reescrito” por el buzón
Durante mucho tiempo, la batalla del email fue técnica y conductual: evitar listas negras, reducir quejas, mantener una reputación de envío saludable, y lograr que los usuarios abran y hagan clic. El análisis al que apunta Bonilla repasa esa evolución por “edades” (blocklists, botón de spam, señales positivas de interacción, reputación asociada al dominio, y el golpe de la privacidad con la pérdida de visibilidad de aperturas).
Pero la Séptima Edad introduce algo distinto: el buzón ya no se limita a entregar y mostrar. Empieza a interpretar y resumir. Y, al hacerlo, ocupa parte del espacio que antes pertenecía al remitente.
El cambio no es menor porque afecta al territorio más valioso del email: lo que el usuario ve antes de abrir (asunto, preheader, vista previa) y, en algunos casos, incluso lo que ve después de abrir (la primera pantalla de lectura).
Resúmenes automáticos y pérdida de “prime real estate”
El análisis pone ejemplos concretos:
- Sustitución del texto de vista previa por resúmenes generados. En lugar del preheader diseñado por la marca, el buzón puede mostrar un “resumen de oferta”, carruseles o elementos visuales extraídos automáticamente. La clave aquí es el control: incluso si existen marcados o anotaciones que las marcas pueden implementar, no siempre se respetan, y el usuario (y la marca) no siempre pueden desactivar esa extracción automática.
- Agrupación de mensajes por marca, reduciendo la visibilidad real de asuntos. Si un buzón agrupa correos “antiguos” bajo un solo elemento, el usuario puede ver solo un par de asuntos, aunque haya más mensajes dentro. Esto recorta el espacio donde compiten las campañas —y fuerza a que cada asunto sea autosuficiente—.
- Tarjetas/resúmenes dentro del propio email (post-apertura). El texto advierte que ciertos resúmenes automáticos pueden empujar una parte significativa del contenido fuera del área visible en la primera pantalla (“preview pane”), alterando la narrativa que el remitente diseñó para el arranque del correo.
En conjunto, el mensaje es demoledor para marketing y comunicación: el email ya no es un lienzo controlado por el emisor, sino un formato mediado por una capa de IA que compite por atención y decide qué “destacar”.
El efecto Bonilla: menos metáforas, menos juego, menos riesgo
Aquí es donde encaja la frase de Bonilla. Si un remitente sabe que una IA va a “interpretar” el correo, la creatividad se vuelve un riesgo:
- Una ironía puede resumirse como literal.
- Un giro de humor puede parecer agresivo.
- Una metáfora puede convertirse en una promesa comercial que la marca nunca hizo.
- Un asunto sugerente puede convertirse en un resumen frío que mata el click impulse.
El análisis lo expresa con una comparación que muchos editores entenderán: del mismo modo que el SEO fue estrechando el margen para titulares creativos, los resúmenes por IA empujan a una redacción más plana, directa y “a prueba de máquinas”.
Y lo más delicado es el bucle de métricas: si un resumen automático confunde al usuario, puede bajar la interacción o aumentar la frustración (y las quejas). En ese escenario, los proveedores de correo estarían midiendo engagement y spam complaints sobre algo que ya no depende solo del remitente, sino también de cómo su IA reempaqueta el mensaje.
Qué pueden hacer marcas y equipos: claridad, control parcial y vigilancia
El texto propone una adaptación práctica (sin prometer balas de plata):
- Asuntos que se sostengan solos
Si el preheader o la vista previa puede desaparecer o ser sustituida, el asunto ya no puede depender de ese “segundo punchline”. - Evitar una creatividad que la IA pueda torcer
No es una invitación a escribir peor, sino a escribir más claro: menos figuración cuando el riesgo es que un resumen lo convierta en otra cosa. - Usar marcado/“schema” de forma selectiva
Cuando existe la posibilidad de aportar estructura a lo que el buzón interpreta, puede ayudar a reducir errores… pero también introduce trabajo extra y no siempre garantiza control total. - Monitorizar entregabilidad con mentalidad de “IA en medio”
Si engagement cae, ya no basta con revisar segmentación y frecuencia: toca preguntarse si los resúmenes y elementos automáticos están distorsionando lo que recibe el usuario.
Como “bonus” polémico, el análisis sugiere algo que suena más a estrategia corporativa que a táctica de marketing: quejarse y hacerlo de forma coordinada, recordando que varios proveedores de correo también son grandes plataformas publicitarias.
Lo que está en juego: quién controla el significado
Este debate es más grande que el email marketing. En el fondo, habla de un cambio de poder: cuando una interfaz con IA resume, agrupa o “destaca”, está haciendo una función editorial. Y eso redefine la comunicación digital: el remitente ya no compite solo con otros remitentes, sino con el editor automático del buzón.
La lectura que deja el comentario de Bonilla es casi cultural: si escribir con personalidad aumenta el riesgo de ser malinterpretado por una IA, la presión del sistema empuja hacia mensajes neutros. Y si eso se normaliza, la IA no solo optimiza la experiencia: también homogeneiza el lenguaje.
Preguntas frecuentes
¿Por qué los resúmenes con IA en Gmail o Apple Mail pueden afectar a la tasa de apertura?
Porque pueden sustituir el texto de vista previa, alterar cómo se presenta el asunto o “destacar” elementos que cambian la percepción del correo antes de abrirlo, reduciendo el control del remitente sobre el primer impacto.
¿Cómo escribir emails “compatibles con IA” sin perder la voz de marca?
Priorizando claridad en las partes que más вероятidades tienen de ser resumidas (asunto, primeras líneas, propuesta principal) y reservando recursos creativos para zonas donde un mal resumen no cambie el significado.
¿Qué es lo más peligroso de los resúmenes automáticos no solicitados?
Que pueden ser incorrectos o ambiguos y, aun así, convertirse en “la verdad” para el usuario, elevando quejas o desconfianza aunque el contenido original esté bien planteado.
¿Qué métricas conviene vigilar más en 2026 si el buzón reinterpreta el contenido?
Además de la entregabilidad clásica, es clave observar señales de frustración (quejas, bajas, lecturas cortas) y cambios bruscos por proveedor de correo, para detectar si la capa de IA está alterando la experiencia.



