La ONU quiere regular la IA, pero también teme perder el mando

La advertencia de António Guterres sobre la inteligencia artificial llega en un momento en el que casi todos los grandes actores han entendido lo mismo: la IA no es una herramienta más. Es una capa nueva de poder económico, tecnológico, cultural y político. Por eso la ONU reclama normas globales, controles comunes y una gobernanza internacional capaz de seguir el ritmo de una tecnología que avanza más rápido que las instituciones.

El secretario general de Naciones Unidas ha avisado de que la IA se desarrolla a una velocidad superior a la capacidad actual de supervisión pública. Su mensaje, lanzado en el marco del primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA celebrado en Ginebra los días 6 y 7 de julio de 2026, combina preocupación legítima por los riesgos con una lectura menos cómoda: quienes han gobernado el mundo analógico están intentando entender qué papel les queda en una infraestructura que ya no controlan del todo.

La ONU tiene motivos para preocuparse. La IA puede alterar mercados laborales, influir en elecciones, acelerar desinformación, automatizar ciberataques, afectar a menores y concentrar todavía más poder en un puñado de empresas y países. Pero también es inevitable preguntarse si parte de la urgencia regulatoria nace del miedo a los daños o del miedo a que la tecnología reordene la jerarquía de poder antes de que gobiernos y organismos internacionales consigan encajarla en sus marcos habituales.

Una tecnología que se escapa de los tiempos políticos

Naciones Unidas ha creado el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA como un foro donde gobiernos, empresas, academia y sociedad civil puedan discutir cómo regular una tecnología que ya está transformando economías y vida cotidiana. La propia ONU lo plantea así: la pregunta ya no es si la IA cambiará el mundo, sino si esa transformación será gobernada de forma conjunta o si acabará gobernándonos a nosotros.

El problema está en los tiempos. La política trabaja con informes, consultas, grupos de expertos, negociación diplomática y textos que tardan meses o años en cerrarse. La IA se mueve por ciclos de producto de semanas, cambios de modelo, nuevas APIs, agentes autónomos, código abierto, infraestructuras cloud y competencia feroz entre empresas y países.

Ese desajuste explica buena parte de la alarma. Mientras la ONU reúne a gobiernos en Ginebra, los modelos ya escriben software, generan vídeo, automatizan atención al cliente, ayudan a diseñar chips, ejecutan tareas en navegadores y empiezan a conectarse a herramientas del mundo real. La regulación llega tarde por diseño, porque necesita deliberación. La tecnología llega antes por incentivo, porque cada compañía teme quedarse atrás.

La primera evaluación científica global e independiente sobre IA, elaborada por un panel de 40 expertos, apunta precisamente a esa tensión. Reuters resumió sus riesgos principales: sistemas agentic capaces de realizar tareas complejas de forma autónoma, comportamientos engañosos, posible pérdida de control humano y uso indebido para desinformación, ciberataques o amenazas biológicas.

Los niños como prioridad regulatoria

Una de las partes más sensibles del mensaje de Guterres tiene que ver con los menores. El secretario general ha pedido un compromiso de seguridad infantil para la IA, con sistemas que no expongan a niños a contenidos dañinos, manipulación emocional o generación de material sexual de menores. También ha defendido que los productos accesibles a niños demuestren seguridad antes de desplegarse, con tolerancia cero frente al abuso sexual infantil generado o facilitado por IA.

Aquí la regulación tiene un terreno claro. Nadie razonable puede defender que modelos generativos produzcan material sexual infantil, manipulen emocionalmente a menores o sustituyan apoyo humano cuando un niño muestra señales de angustia. El problema no está en la existencia de límites, sino en cómo se diseñan, quién los audita y si se aplican por igual a grandes plataformas, modelos abiertos, aplicaciones pequeñas y servicios alojados fuera de las jurisdicciones occidentales.

La comparación con medicamentos o juguetes regulados tiene sentido hasta cierto punto. Un producto que afecta a menores necesita evaluación, advertencias, límites de edad y responsabilidades claras. Pero la IA no es un objeto cerrado que se vende una vez. Es una infraestructura cambiante, conectada, personalizable y a veces integrada dentro de otras aplicaciones. Regularla como si fuera un producto estático puede quedarse corto.

El verdadero debate: seguridad, poder y control

La ONU insiste en que la gobernanza debe reflejar las prioridades de todos los países, no solo de los más avanzados tecnológicamente. Ese punto es importante porque la concentración de la IA es enorme. Guterres ha señalado que Estados Unidos concentra alrededor del 75 % de la supercomputación avanzada para IA, frente al 15 % de China, una diferencia que deja al resto del mundo en una posición muy secundaria.

Ahí aparece el núcleo político. La IA no solo amenaza con crear riesgos; amenaza con repartir el poder de otra manera. Si unas pocas empresas controlan los modelos, la computación, los datos, las plataformas y los canales de distribución, los Estados pierden margen. Si unos pocos países concentran infraestructura y talento, los demás dependen de ellos. Si los modelos abiertos reducen barreras, también reducen la capacidad de control centralizado.

Por eso el discurso regulatorio tiene dos capas. La primera es legítima y necesaria: seguridad, derechos fundamentales, protección de menores, responsabilidad, transparencia, prevención de abuso y reducción de riesgos sistémicos. La segunda es más incómoda: gobiernos, organismos internacionales y reguladores quieren evitar que una tecnología privada, distribuida y acelerada les deje fuera del tablero.

No hace falta caer en conspiraciones para verlo. Toda tecnología de propósito general reordena instituciones. La imprenta, la electricidad, internet, el smartphone y las redes sociales cambiaron cómo circula la información y quién tiene capacidad de influencia. La IA puede ir más lejos porque no solo distribuye información: la interpreta, la produce, la automatiza y empieza a actuar sobre ella.

Decir que algunos quieren “retrasar lo inevitable” puede sonar duro, pero hay una parte de verdad. Muchas instituciones no saben todavía qué lugar ocuparán en un mundo donde ciudadanos, empresas y hasta pequeños equipos puedan operar con agentes capaces de analizar leyes, programar, negociar, auditar, crear contenido y ejecutar procesos. Regular también es intentar ganar tiempo.

La regulación llega, pero no podrá parar la adopción

La cuestión no es si habrá normas. Las habrá. La Unión Europea ya ha marcado el camino con el AI Act, Estados Unidos avanza con órdenes ejecutivas, estándares y propuestas sectoriales, China regula modelos generativos desde una lógica de control estatal, y la ONU intenta abrir una mesa global. La pregunta es si esas normas reducirán riesgos sin bloquear innovación o si terminarán beneficiando a quienes ya tienen recursos para cumplirlas.

Ese es uno de los grandes peligros: que la regulación, presentada como protección del ciudadano, acabe reforzando a los gigantes. Cumplir auditorías, reportes, red teaming, documentación, evaluaciones, controles de edad, trazabilidad y obligaciones de seguridad cuesta dinero. Las grandes plataformas pueden asumirlo. Las startups, proyectos abiertos y desarrolladores independientes lo tendrán mucho más difícil.

Si se regula mal, la IA no será más democrática. Será más concentrada.

La ONU acierta al reclamar cooperación internacional. Ningún país puede gestionar solo los riesgos de una tecnología que cruza fronteras por diseño. También acierta al poner sobre la mesa la protección de menores, la desinformación, la concentración de cómputo y la necesidad de que el sur global no quede como simple consumidor de modelos entrenados fuera.

Pero la gobernanza global tendrá que aceptar algo: la IA no va a esperar. Ni a la ONU, ni a los parlamentos, ni a los reguladores, ni a las grandes empresas que hoy lideran. La presión del código abierto, la bajada de costes, la aparición de agentes y la competencia geopolítica harán que la adopción siga avanzando.

Las normas pueden poner límites, exigir responsabilidades y reducir daños. Lo que no podrán hacer es devolver el mundo al punto anterior.

Preguntas frecuentes

¿Qué ha pedido António Guterres sobre la IA?
Ha reclamado reglas globales y salvaguardas comunes para que la IA no avance más rápido que la supervisión pública, con especial atención a menores, derechos humanos, seguridad y concentración de poder tecnológico.

¿Qué es el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA?
Es un foro creado por Naciones Unidas para reunir a gobiernos, empresas, academia y sociedad civil en torno a la regulación y cooperación internacional sobre inteligencia artificial.

¿Por qué preocupa la IA a la ONU?
Por su impacto en empleo, economía, democracia, desinformación, ciberseguridad, protección de menores, derechos fundamentales y concentración de capacidad tecnológica en pocas empresas y países.

¿Regular la IA puede frenar la innovación?
Puede hacerlo si se diseña mal. Un exceso de cargas puede favorecer a grandes empresas capaces de cumplir requisitos complejos y dejar fuera a startups, proyectos abiertos y actores pequeños.

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